Una masa crujiente y dos minutos al horno.
Tres manzanas reineta; quise decir tres peras de conferencia y…
Aunque creo que eso era lo de menos.
Todo empezó con la típica discusión sobre quién iría a recoger a sus padres. Sí, sus padres.
¡Ja!. Si se tratase de los míos no habría discusión, iría yo y punto.
Nada. Lo fácil que se convierten ciertas discusiones cuando alguno de los dos tiene que ceder. ¿Acordar?. No, que va… ceder.
Y yo llevo cediendo.
Cediendo mi ciudad.
Cediendo el color del coche.
Cediendo las palabras.
Podría enumerar una lista sin fin de todo lo que llevo cediendo en estos últimos dos años, pero para eso necesitaría que entendáis que esto no es quejarse por quejar.
Es más bien, un cúmulo de pequeñas historias implosionando dentro de mi.
Y última vez más.
Tal es el estado de culpabilidad en el que me encuentro, que no hago más que repasar una y otra vez, aquella noche en la decidí reservar un trozo de tarta para la cena y al llegar a casa, ella creyó que era un acto de perdón.
¿Perdón?. No entendía a lo que se refería, hablaba como si yo tuviese que remediarlo, como podría hacerlo si no sabía el porqué de ese perdón.
¿Acaso era otra vez la tapa del wáter?
¿O era el no haber sacado la basura esta vez?
Como quería que pidiese perdón si no sabía exactamente de lo que hablaba.
Y ahí estaba otra vez ese sentimiento de culpabilidad por sentirme culpable.
Desayuno, almuerzo y cena, en ese sentimiento.
Y en ocasiones incluso hasta para merendar.
Ya sabemos como va esto, extiendes la masa sobre la encimera, colocas el molde del revés y giras rápidamente para que la masa quede por encima, sobresaliendo lo justo; retiras el excedente con los dedos, dejando que el molde ayude al corte. Dos minutos al horno a 180ºC y obtienes algo así como una masa crujiente y dorada.
Aunque sé claramente que la culpa la tengo yo, por pretender que todo sea mi culpa. Por pretender que ella sea feliz a costa mía. Y sobre todo, por querer quererla como aquella primera vez en la que probo mi tarta de peras.
Y ojalá. Ojalá, todo dependiese de mi tarta de peras.
Incluso esta falta de felicidad.

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