jueves, 20 de noviembre de 2014

Michelle

El reto consistía en entrarle al mayor número de chicos aquella noche.

De jugar y jugar, sin reglas. Porque de eso va la vida, de jugar.

La apuesta era simple, ella los elegía; y yo les entraba…

¿Manuel? ¡Manuel!
Creo que te equivocas.
¡Qué sí! ¡Qué fuimos a clase juntos!
Creo que no; me llamo Miguel, no Manuel.
Hola Miguel, me llamo Dyan.

Me giré y le guiñé el ojo cómplicemente a Andrea.

Recuerdo haber terminado aquella noche en el coche de Miguel, los tres; escuchando Kings of Leon; y compartiendo una botella de ron, para variar.

Fue llegar a casa, desvestirme y recibir uno de esos tantos mensajes de Andrea:

“Espero que no te importe que Miguel se haya ido conmigo”

Así era ella, tan imperfecta que la quería aún si hubiese sido perfecta.
Aún si la vida no la hubiese puesto entre mi necesidad de vivir, y su necesidad de olvidar.
Y si hubiese sido todo lo que nunca fue.
Y si hubiese sido todo lo que nunca fuimos.

Yo la quería. Porque no había miedo en esas locuras. En ese correr con los ojos cerrados por toda Gran Vía, en ese escabullirnos cada noche de bar en bar.

Y que decir, de esas mierdas que llevábamos como vidas.
De ese huir constante de la realidad.
De ese no hablar en tiempo pasado.

Así era Andrea. O por lo menos, la Andrea de las noches. Taconazos, blusas blancas como corazas y una risa insonora.

Guapa, ilusa y ambiciosa. El mundo no estaba preparado para ella.

O tal vez era ella la que no estaba preparada para este mundo.

Intento con todas mi fuerzas, recordarla con todo lujo de detalle, y me cuesta. Me cuesta muchísimo.
Cuesta tanto, por esa intensión de mi memoria por olvidarla.
Olvidar que ella siempre estuvo, cuando yo quería.
No cuando debía.
Olvidar que ella también me quería.

Porque para ella siempre fuimos dos.
En el mundo entero. Las dos.
Y porque para mi, eso terminaría algún día; y no quería ser consciente de aquello.
Deseaba mantener un bonito e intacto mundo en el que siempre seríamos las dos, pase lo que pase.

Ser esa hermana que nunca tuvo.
Y ella; esa mejor amiga, que nunca tendría. Que nunca fue.

Y después está esa sensación de que el aire fresco que emitía en mi vida, se fue convirtiendo en aire viciado de miedo y exageración.

Y como, en aquellos viernes en los que no sabía que hacer con mi vida, pensaba en ella; cogía el móvil y en media hora estaba en otro bar donde no nos encontrarían jamás.

Ella y sus juegos sin reglas.

Ella.

De todos aquellos recuerdos, el que me encantaría olvidar con todas mis fuerzas, es el de aquella noche de mi cumpleaños; ese en el que a dos segundos de cerrarse las puertas del vagón del metro; ella salto, salto al andén dejándome sola; absolutamente sola, dentro del vagón de mi vida.

Y así sin más fue como desapareció. Como si se tratase de un último acto de magia.

La verdad es que no supe más de ella. Y ella no supo más de mi.

Y si lo piensas bien... es una pena perder, cuando lo único en lo que piensas es en ganar.


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