domingo, 23 de noviembre de 2014
Segunda impresión
El nudo en la garganta se ataba con tanta fuerza a la rabia; que aquel sentimiento, se iba apoderando de mi boca, bajaba por el esófago y terminaba en alguna parte de mi cuerpo.
Cuando quise darme cuenta, había salido del vagón del metro. No sabía realmente como lo había hecho, tenía la sensación de dar pasos y no ser consciente de estar caminando. Quería salir corriendo, y no corría. Sólo recuerdo el sonido hueco de las pisadas dentro de mi.
Por fin, una vez fuera, aspiré aquel aire tan frío que cuarteaba mis labios; apuré el paso y mientras hacia el recorrido de vuelta a casa, fui consciente de que aquel sentimiento de rabia se encontraba aún dentro de mi. Parpadee dos veces y deje de ver con claridad aquellas luces de fondo, por un momento creí que eran mis ojos los que no me permitían ver, pero en realidad eran mis lágrimas.
Crucé la calle y agache la cabeza. No quería que nadie me viese llorar, era demasiado. Es verdad, había tenido un día terrible, y la compasión de algún desconocido era lo que menos necesitaba en ese momento, solo deseaba llegar a casa, ponerme el pijama y acurrucarme en la cama; sin embargo a veces lo que uno más desea no siempre es lo que uno necesita.
En mi afán por huir de aquella situación, no me percate que hacía todo aquel recorrido aún con la cabeza gacha. Fue así como sin querer, me di de bruces con aquella mujer. Tal fue el golpe, que la tiré al suelo.
Avergonzada, intenté ayudarle a levantarse y mientras se incorporaba; me percaté que se trataba de una mujer menuda de rostro ovalado, no más de treinta años, de piernas esbeltas y espalda ancha. Además, llevaba un abrigo azul que la cubría casi por completo y curiosamente unas gafas de sol.
—¡Lo que me faltaba! — dijo ella con tono de indignación, mientras intentaba colocarse las gafas correctamente.
Fue entonces cuando me di cuenta, que ella también intentaba ocultar sus lágrimas bajo esos cristales oscuros.
—¿Perdona? — le dije yo, aún aturdida
—Eso es, ahora esperaras que sea yo la que pida disculpas. —dijo ella en tono despectivo.
—No he dicho eso — dije yo, con tono de culpabilidad.
—Bueno entonces, ¿qué?, ¿Vas a quedarte ahí mirándome? —dijo ella, mientras intentaba acomodarse el abrigo.
—¿Perdón? — dije yo con tono incrédulo
—¿No sabes decir otra cosa, no es verdad?. Estos jóvenes de ahora. No tienen modales, ni educación — dijo ella aún ofendida.
—Perdona, creo que te equivocas. — dije yo—Efectivamente es mi culpa, iba caminando con la cabeza gacha y…
—Mira, no me interesa lo que me quieras contar. — dijo ella en un tono tajante.
—Sabes — dije yo, con tono serio— no eres la única que ha tenido un día terrible.
—¿Cómo dices? — contesto ella a la defensiva.
—Hay gafas que no son capaces de ocultar las lágrimas para siempre.
Vi como al terminar aquella frase, se quedaba paralizada. Realmente no se esperaba aquella respuesta. Y de pronto dijo:
—¿Lo dices por tus lágrimas?— respondiendo así en tono defensivo.
—Sí, a las mías y las tuyas. — respondí rápidamente— Y como te vuelvo a repetir, todos tenemos días malos. Y da la casualidad que este también ha sido un mal día para mi.
—Ya… — dijo ella, mientras sacaba un cigarrillo de su bolso y lo ponía en su boca. Cogió la cajetilla y me la ofreció —¿Quieres uno? — me dijo.
—No, gracias— dije yo, un poco aturdida.
No entendía muy bien el porqué de ese comportamiento. Pasar de ser desagradable a agradable en menos de dos segundos. Seguramente había batido un record mundial y no era consciente de ello.
— Bueno— dijo ella, mientras se sentaba en el bordillo de la acera y le daba otra calada al cigarrillo— ya sé que soy una desconocida, y que no se debe hablar con desconocidos, — y sonrío a través de aquellas gafas— pero si quieres puedes contarme porque estabas llorando.
Hice una lista mental rápida, de los pros y contras de contarle mi movida mental de aquella noche. Y como siempre, ganaron los pros.
Lo cierto es que no tenía nada que perder. Me senté a su lado, y dije:
— Creo que cuando los días malos son realmente malos, necesitan algo más que una conversación. ¿Te vienes a tomar una cerveza?. — dije yo, sin creerme aún lo que acaba de decir.
Y terminamos en un bar. Dos calles más abajo de mi casa.
Elegimos una mesa, nos sentamos y pedimos las cervezas.
Mientras nos traían la bebida, pude darme cuenta que la superficie de la mesa tenía más rayaduras de lo habitual. Se podría decir incluso, que casi tanto o más, de las que teníamos en nuestras cabezas.
Seis cervezas. Un chiste fácil y alguna que otra confesión.
Nunca creí que hablar de con una desconocida iba a ser así de fácil, siempre creí que la desconfianza se apoderaría de mi en cualquier momento, pero también he de confesar que las cervezas hicieron lo suyo para que no fuese así.
—Si hoy al despertarme — dije yo, filosofando un poco la situación— me hubiesen dicho que iba a terminar aquí, hablando y bebiendo cerveza con alguien que no conozco de nada, no me lo hubiera creído.
—Supongo— dijo ella, un poco más seria— que son cosas del azar, del destino. La verdad es que no creo mucho en esas cosas. Pero siempre se le puede echar la culpa a algo en pleno lunes. —y al terminar aquella frase, soltó una sonora carcajada—.
La verdad es que terminamos hablando de miles de cosas. De su hijo de tres años, de sus problemas para dormir, de las gafas de sol, del porqué de mi llanto, de los días malos. Pero como siempre, mi memoria me juega malas pasadas.
De lo que sí os puedo hablar, es de aquella frase que me soltó entre la tercera y la cuarta cerveza.
—A veces, — dijo ella, mirándome a través de aquellas gafas de sol—los sentimientos son como cuando uno espera entrar en un vagón del metro; hay que dejar salir a algunos, para poder dejar entrar a otros.
Acentí y le di otro sorbo a mi cerveza.
—Por cierto — dije yo—me llamo Dyan.
—Y yo— dijo ella, quitándose las gafas— Isabel.
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