domingo, 30 de noviembre de 2014

Náufragos




Las desviaciones de mis conversaciones se propagaban lentamente por su piel. Me ofendía cuando decía que no pensaba en nada. Incluso hoy, sigo pensando en ti.

Es curioso como funciona la memoria, hay retazos de imágenes tuyas pululando por toda mi habitación, y sin embargo jamás estuviste aquí.

En mis ganas por transfigurarte a mi placer, hizo que en su momento sintiese la necesidad de escribirte esta especie de declaración. Empecé por una bonita descripción de aquella habitación tuya, por los libros apoyados en la pared, por las tendencias de aquellas conversaciones; conversaciones cuyos contextos no sé definir, incluso parece ser que no puedo recordar ni una sola conversación al completo. Y es tan frustrante.

Cierro los ojos y pienso en aquellas sábanas en blanco, casi tanto o más que este folio en el que no sé exactamente que escribir.

Yo que sé. Siempre fuiste una bonita voz en esta mente tan caótica. Demasiada paz para leerte entre líneas. Y como no, con esa tendencia tuya a morderte las uñas. Ansia viva de comerte el mundo.

La primera vez que intenté escribir sobre ti, se parecía más a esas listas de la compra. Muy bien definida en concepto, muy mal transmitida en sentimientos.  Realmente era tristísimo. Y como siempre, me sentía injusta. Sé que mi comportamiento nunca fue de los mejores. Por eso siento que te debo esto al menos: una bonita descripción para empezar.  Porque he de confesar; que nunca hice lo mejor para ti, siempre hice lo mejor para mi.

Que te voy a contar yo de los miedos, de los egoísmos y de esas frases de niña consentida. Seguro que no soy ni la primera, ni la última. Pero sí la que escribe esto.

Y como siempre, en medio de todo esto; este sentimiento de negación constante. Es tan agotador que no hay cabida a análisis profundos, ni a imágenes más claras. Incluso una que otras veces, viene acompañado del miedo. Cuán angustioso es, que necesita de las mentiras para sobrevivir.

La verdad, es que yo siempre quise echarle la culpa a los astros de todo aquello que no sucedió. Porque aún teniendo tantas cosas en común, no había nada en común.

Tú tan signo de agua y yo tan signo de fuego.

El tiempo pasa deprisa. Y tengo la sensación de que han pasado sólo algunos meses, cuando en realidad han pasado años.

Lo cierto es que nunca he creído que el tiempo lo curase todo. De hecho creo que el tiempo mitiga sonidos, colores y verdades. Tal es así, que el impacto que tiene sobre nosotros y los recuerdos, dejan de ser reales para pasar a ser imaginarios.

Y esa es una de las razones por las que escribo hoy de ti. No precisamente para olvidarte, es más bien para recrearte en mi mente y terminar de trazar alguna que otra imagen que sigue sin tener forma de tanto transfigurarte.

Incluso, me gustaría creer que todo esto también te sucedió en su día con todo aquello que decidiste guardar para ti, y que al igual que yo; decidiste darle forma a gusto de tus recuerdos.

Pero ya sabes, yo también me equivoco.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Segunda impresión



El nudo en la garganta se ataba con tanta fuerza a la rabia; que aquel sentimiento, se iba apoderando de mi boca, bajaba por el esófago y terminaba en alguna parte de mi cuerpo.

Cuando quise darme cuenta, había salido del vagón del metro. No sabía realmente como lo había hecho, tenía la sensación de dar pasos y no ser consciente de estar caminando. Quería salir corriendo, y no corría. Sólo recuerdo el sonido hueco de las pisadas dentro de mi.

Por fin, una vez fuera, aspiré aquel aire tan frío que cuarteaba mis labios; apuré el paso y mientras hacia el recorrido de vuelta a casa, fui consciente de que aquel sentimiento de rabia se encontraba aún dentro de mi. Parpadee dos veces y deje de ver con claridad aquellas luces de fondo, por un momento creí que eran mis ojos los que no me permitían ver, pero en realidad eran mis lágrimas.

Crucé la calle y agache la cabeza. No quería que nadie me viese llorar, era demasiado.  Es verdad, había tenido un día terrible, y la compasión de algún desconocido era lo que menos necesitaba en ese momento, solo deseaba llegar a casa, ponerme el pijama y acurrucarme en la cama; sin embargo a veces lo que uno más desea no siempre es lo que uno necesita.

En mi afán por huir de aquella situación, no me percate que hacía todo aquel recorrido aún con la cabeza gacha. Fue así como sin querer, me di de bruces con aquella mujer. Tal fue el golpe, que la tiré al suelo.

Avergonzada, intenté ayudarle a levantarse y mientras se incorporaba; me percaté que se trataba de una mujer menuda de rostro ovalado, no más de treinta años, de piernas esbeltas y espalda ancha. Además, llevaba un abrigo azul que la cubría casi por completo y curiosamente unas gafas de sol.

—¡Lo que me faltaba! — dijo ella con tono de indignación, mientras intentaba colocarse las gafas correctamente.

 Fue entonces cuando me di cuenta, que ella también intentaba ocultar sus lágrimas bajo esos cristales oscuros.

—¿Perdona? — le dije yo, aún aturdida
—Eso es,  ahora esperaras que sea yo la que pida disculpas. —dijo ella en tono despectivo.
—No he dicho eso — dije yo, con tono de culpabilidad.
—Bueno entonces, ¿qué?, ¿Vas a quedarte ahí mirándome? —dijo ella, mientras intentaba acomodarse el abrigo.
—¿Perdón? — dije yo con tono incrédulo
—¿No sabes decir otra cosa, no es verdad?. Estos jóvenes de ahora. No tienen modales, ni educación — dijo ella aún ofendida.
—Perdona, creo que te equivocas. — dije yo—Efectivamente es mi culpa, iba caminando con la cabeza gacha y…
—Mira, no me interesa lo que me quieras contar. — dijo ella en un tono tajante.
—Sabes — dije yo, con tono serio—  no eres la única que ha tenido un día terrible.
—¿Cómo dices? — contesto ella a la defensiva.
—Hay gafas que no son capaces de ocultar las lágrimas para siempre.
Vi como al terminar aquella frase, se quedaba paralizada. Realmente no se esperaba aquella respuesta. Y de pronto dijo:

—¿Lo dices por tus lágrimas?— respondiendo así en tono defensivo.
—Sí, a las mías y las tuyas. — respondí rápidamente— Y como te vuelvo a repetir, todos tenemos días malos. Y da la casualidad que este también ha sido un mal día para mi.
—Ya… —  dijo ella, mientras sacaba un cigarrillo de su bolso y lo ponía en su boca. Cogió la cajetilla y me la ofreció —¿Quieres uno? — me dijo.
—No, gracias— dije yo, un poco aturdida.

No entendía muy bien el porqué de ese comportamiento.  Pasar de ser desagradable a agradable en menos de dos segundos. Seguramente había batido un record mundial y no era consciente de ello.

— Bueno— dijo ella, mientras se sentaba en el bordillo de la acera y le daba otra calada al cigarrillo— ya sé que  soy una desconocida, y que no se debe hablar con desconocidos, —  y sonrío a través de aquellas gafas— pero si quieres puedes contarme porque estabas llorando.

Hice una lista mental rápida, de los pros y contras de contarle mi movida mental de aquella noche.  Y como siempre, ganaron los pros.
Lo cierto es que no tenía nada que perder.  Me senté a su lado, y dije:

— Creo que cuando los días malos son realmente malos, necesitan algo más que una conversación. ¿Te vienes a tomar una cerveza?. — dije yo, sin creerme aún lo que acaba de decir.

Y terminamos en un bar. Dos calles más abajo de mi casa.

Elegimos una mesa, nos sentamos y pedimos las cervezas.

Mientras nos traían la bebida, pude darme cuenta que la superficie de la mesa tenía más rayaduras de lo habitual. Se podría decir incluso, que casi tanto o más, de las que teníamos en nuestras cabezas.

Seis cervezas. Un chiste fácil y alguna que otra confesión.

Nunca creí que hablar de con una desconocida iba a ser así de fácil, siempre creí que la desconfianza se apoderaría de mi en cualquier momento, pero también he de confesar que las cervezas hicieron lo suyo para que no fuese así.

—Si hoy al despertarme — dije yo, filosofando un poco la situación— me hubiesen dicho que iba a terminar aquí, hablando y bebiendo cerveza con alguien que no conozco de nada, no me lo hubiera creído.

—Supongo— dijo ella, un poco más seria— que son cosas del azar, del destino. La verdad es que no creo mucho en esas cosas. Pero siempre se le puede echar la culpa a algo en pleno lunes. —y al terminar aquella frase, soltó una sonora carcajada—.

La verdad es que terminamos hablando de miles de cosas. De su hijo de tres años, de sus problemas para dormir, de las gafas de sol, del porqué de mi llanto, de los días malos. Pero como siempre, mi memoria me juega malas pasadas.

De lo que sí os puedo hablar, es de aquella frase que me soltó entre la tercera y la cuarta cerveza.

—A veces, — dijo ella, mirándome a través de aquellas gafas de sol—los sentimientos son como cuando uno espera entrar en un vagón del metro; hay que dejar salir a algunos, para poder dejar entrar a otros.

Acentí y le di otro sorbo a mi cerveza.

—Por cierto — dije yo—me llamo Dyan.
—Y yo— dijo ella, quitándose las gafas— Isabel.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Humano

La luz.
¿Y esa luz?. ¿La has visto ya? Los párpados. Tus párpados no soportan la luz, pero lo intuyen bien. Ábrelos. Ábrelos. Soporta un día en esos ojos color azul cielo, perdón; color café.

Aire puro por las fosas nasales. Del frío externo al calor interno, amplitud de vida en tu capacidad pulmonar; ¿te puedes creer, que eres tú, la única capaz de darme esa magnitud de la nada?.

Y ese impulso inconsciente por palparte viva, esa caricia rápida por los labios y alrededor de ellos. Miles de impulsos electromagnéticos buscando. Buscando rastro de legañas, saliva o algo. Tranquila. No vas a encontrar algo que no haya creado yo antes. Antes que tú no lo hayas creado.

 ¿Frío?. No es frío. Yo diría que hambre. Escúchame, es hambre.
¿Escuchas? Es el latido de tu corazón. Constante y rítmico. Una pequeña canción hipnótica.
Y tus pupilas constreñidas en secuencias de luces focales, de interferencias emocionales; y los colores, de esos colores; y las formas, en miles de formas.

Otra inspiración de la respiración. Y habrá que despertarse. No es tarde. Pero quieres correr.
Has ordenado con impulsos inconscientes mover más de seiscientos músculos, y sigues preocupada en elegir un atuendo adecuado a tu nivel de azúcar, mejor dicho a tu nivel de sensaciones emocionales.

¿Preocupada por elegir que ponerte? ¿Tú estás gilipollas?
Acabamos de mover un litro de sangre en menos de un minuto, hemos batido el record; y haces como si fuese un día más. Lo dicho, eres gilipollas.

No te das cuenta que tus órdenes son actos. Son movimientos. Son pulsaciones. Son feromonas. Son terminaciones eléctricas. Son todo menos algo en lo que pensar.

Que sí. Que el día es largo. Pero yo llevo años aquí, currando para ti. Y ni las gracias. Al contrario, no haces más que caminar descalza; llevas años haciéndolo, entregándote a la disposición de la puta gripe, los mosquitos, las bacterias, y las lombrices.

Dices no haber elegido el envoltorio a lo que tu llamas cuerpo.

Y odias. Odias ese pelo rebelde, siempre a la orden de la energía electrostática. Odias esa piel grasosa que cubre tu rostro de pequeños poros intoxicados por la mala alimentación, odias esa boca que segrega saliva demás, odias esos dientes torcidos en una boca estrecha; odias esos pelos que crecen ni ton ni son cubriendo entera. Y que me dices de esa grasa que se acentúa con el paso de los años; en la zona abdominal, en tus piernas y en tus protuberantes caderas. Esa que te recubre, formando montes y montes, estirando la piel y curtiendola de estrías.

¿No te das cuenta que me obligas a odiarme? ¡Me obligas a odiarme!. Odiarte. Y odiarme. Todo a la par.

Y decides que esa eres tú. Esas formas que dicen que no ser tú.

No y no. Eso no soy yo.

Yo soy toda la magnitud, de la que no eres consciente.
Yo soy tu cuerpo. Un cuerpo de los pies a la cabeza.
No sólo soy lo que te cubre. No sólo eso.
Soy todo lo que no ves.
Soy todo lo que no valoras y todo lo que no echas en falta, hasta que te hago falta.

Soy un cuerpo imperfecto.
Sí. Esos somos, imperfectos. Tal para cual.
Yo no te elegí, ni tú me elegiste.
Pero aquí estamos.
Viviendo.
Respirando.
Sangrando.
Llorando.
Muriendo.
Una bonita amistad para toda la eternidad.
Un bonito cadáver al fin y al cabo.

La valoración sobre que soy para ti, y que debes hacer para cuidarme como me merezco; te lo dejo a ti y a esas neuronas que intento controlar para que por fin abras los ojos.

Sin embargo y dado que te conozco muy bien, seguirás preocupada por elegir un atuendo acorde a tu nivel emocional.

Sólo déjame decirte algo más, que eres gilipollas.

Y yo, tu cuerpo humano.



jueves, 20 de noviembre de 2014

Ecosistema del dolor

Quiébrate. Pártete en tantos trozos, y deja de ser tú.
Llora.
En voz alta, a ratos; entre comida y comida.
Suspende toda sonrisa de esos labios.
Ahógate en el mar de llanto.
Suprime el miedo a no estar bien.
Libera tu mente de todo silencio estático.
Toma duchas de dos horas, deja que el agua respire en tu dolor.
Sobrevive, a esa inmunda sensación de culpabilidad.
Perdónate. Perdónala.
Abrázate a los recuerdos. Llora entre ellos.
Escríbele una última carta.
Respira su última conversación.
Saborea ese salado dolor, exprime y siente esa dolencia.
Amortigua tus llantos con más recuerdos.
Toma sus fotos y píntalas en blanco y negro.
Escucha su voz.
Tararea su música.
Soporta otra noche más de insomnio.
Cocina sus recetas.
Revive sus reprimendas.
Comete sus errores.
Exhala.
Échala de menos.
Llora.
Llora y no la olvides.
Llora tanto o más de lo que te puedes permitir.
Aboga a sus palabras.
Siéntela en tus venas.
Siente el dolor de estar vivo.
Y cuando por fin seas sólo jirones de tu dolor.
Déjala ir.




Michelle

El reto consistía en entrarle al mayor número de chicos aquella noche.

De jugar y jugar, sin reglas. Porque de eso va la vida, de jugar.

La apuesta era simple, ella los elegía; y yo les entraba…

¿Manuel? ¡Manuel!
Creo que te equivocas.
¡Qué sí! ¡Qué fuimos a clase juntos!
Creo que no; me llamo Miguel, no Manuel.
Hola Miguel, me llamo Dyan.

Me giré y le guiñé el ojo cómplicemente a Andrea.

Recuerdo haber terminado aquella noche en el coche de Miguel, los tres; escuchando Kings of Leon; y compartiendo una botella de ron, para variar.

Fue llegar a casa, desvestirme y recibir uno de esos tantos mensajes de Andrea:

“Espero que no te importe que Miguel se haya ido conmigo”

Así era ella, tan imperfecta que la quería aún si hubiese sido perfecta.
Aún si la vida no la hubiese puesto entre mi necesidad de vivir, y su necesidad de olvidar.
Y si hubiese sido todo lo que nunca fue.
Y si hubiese sido todo lo que nunca fuimos.

Yo la quería. Porque no había miedo en esas locuras. En ese correr con los ojos cerrados por toda Gran Vía, en ese escabullirnos cada noche de bar en bar.

Y que decir, de esas mierdas que llevábamos como vidas.
De ese huir constante de la realidad.
De ese no hablar en tiempo pasado.

Así era Andrea. O por lo menos, la Andrea de las noches. Taconazos, blusas blancas como corazas y una risa insonora.

Guapa, ilusa y ambiciosa. El mundo no estaba preparado para ella.

O tal vez era ella la que no estaba preparada para este mundo.

Intento con todas mi fuerzas, recordarla con todo lujo de detalle, y me cuesta. Me cuesta muchísimo.
Cuesta tanto, por esa intensión de mi memoria por olvidarla.
Olvidar que ella siempre estuvo, cuando yo quería.
No cuando debía.
Olvidar que ella también me quería.

Porque para ella siempre fuimos dos.
En el mundo entero. Las dos.
Y porque para mi, eso terminaría algún día; y no quería ser consciente de aquello.
Deseaba mantener un bonito e intacto mundo en el que siempre seríamos las dos, pase lo que pase.

Ser esa hermana que nunca tuvo.
Y ella; esa mejor amiga, que nunca tendría. Que nunca fue.

Y después está esa sensación de que el aire fresco que emitía en mi vida, se fue convirtiendo en aire viciado de miedo y exageración.

Y como, en aquellos viernes en los que no sabía que hacer con mi vida, pensaba en ella; cogía el móvil y en media hora estaba en otro bar donde no nos encontrarían jamás.

Ella y sus juegos sin reglas.

Ella.

De todos aquellos recuerdos, el que me encantaría olvidar con todas mis fuerzas, es el de aquella noche de mi cumpleaños; ese en el que a dos segundos de cerrarse las puertas del vagón del metro; ella salto, salto al andén dejándome sola; absolutamente sola, dentro del vagón de mi vida.

Y así sin más fue como desapareció. Como si se tratase de un último acto de magia.

La verdad es que no supe más de ella. Y ella no supo más de mi.

Y si lo piensas bien... es una pena perder, cuando lo único en lo que piensas es en ganar.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Azul

Me quedaba siempre mirando al vacío.
Pero hoy el vacío estaba dentro de mi.

Partí las galletas en dos, y veía ir y venir a los peces.

Casi que os entiendo. Bonita laguna; aunque vosotros no elegisteis llegar aquí.

Pero yo sí.

Los miraba y me miraba ahí; en grupo y solos, rogando por la migaja… cuando sabía que me merecía la galleta entera.

La galleta.

Toma una decisión, una que te satisfaga. ¡Joder, tómala ya!

Rodeada de sillas. Azules para ser exactos. Hoy era el día. El puto día de evaluación.

—Bueno, según veo has elegido suficiente como respuesta; ¿tú crees que quieres evolucionar en esta empresa?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?, ¿Y eso?
—Que no creo que este sea el trabajo de mi vida.
—Bueno, supongo que esa es tu opinión.

Por supuesto que era mi opinión. No sabía nada de mi, y teníamos que hablar de mi.
La mierda esa de hablar de mi, de querer que sepa quién soy.

¿En serio?. Ni yo lo sé. Y dos horas de preguntas como: “Comprende la dinámica de la realidad en situaciones habituales y de la vida corriente.” No iban a decir quién era. O sí.

Pobre peces, ahí dando vueltas a la espera de unas migajas.
¿Serán felices los peces?
¿Seré feliz yo?

¡A la mierda!
Había tomado una decisión.

Caminé sin tartamudear; directa a su escritorio, decidida a decirle mi opinión sobre quién era en verdad; cuando sin mediar palabra, me hizo un gesto para que la siguiera a la sala de reuniones, por fin nos sentamos y me dijo:

 —Estos son tus resultados; estas sobre la media. Aunque hemos de preparar un plan de acción blablablá... ¿Entiendes lo que te quiero decir?

Y una vocecilla dijo: El año que viene no estaré aquí.


domingo, 16 de noviembre de 2014

Siberiano

Definitivamente me gustas más que las mandarinas. Definitivamente, sí. Y no sé, como decírtelo.

Ese era el noveno pensamiento, del tercer café, del último día de aquella semana.  Y para ser Mayo, creía que se trataba de otro Agosto más; el aire era cálido y había más luz natural de la habitual, posiblemente lo único que hacía falta era una banda sonora lo suficientemente buena como para proyectar una película francesa en mi mente.

Y ahí estaba él y esa mirada siempre al infinito. La verdad, es que no sé cómo lo hacía, la cafetería estaba abarrotada de gente: mujeres con trajes, hombres con trabajos a los que llegar puntualmente y sobre todo esos clientes que no hacían más que chillar al hacer su pedido. Definitivamente él tenía el super poder de desconectar de todo y de todos.

—¿Quieres otro café?—preguntó él, aún ido.
—Sí.  (Lo quiero de tu boca)
—¿Decías?
—Sí, otro café estaría bien.

Bajé la cabeza y rebusqué dentro del bolso, mientras él iba a por los cafés; intentaba huir de aquella situación; hasta que por fin encontré el móvil, he hice como si leyese los mensajes más importantes del mundo.

Mientras miraba la pantalla del móvil, no podía evitar verlo de reojo. Caminaba con tanta parsimonia, que parecía que no teníamos nada mejor que hacer en el mundo que bebernos el cuarto café antes del medio día. Por fin, se sentó y sin hacer el menor ruido, saco de aquella mochila las últimas adquisiciones de aquel día: dos libros y una revista de esas que solía coleccionar.

—Por favor, tienes que evitar que siga comprando tantos libros —me dijo—ya casi no sé donde ponerlos.
—Siempre puedes regalarlos —le dije.
—¿Acaso estás sugiriendo que te los regale? —dijo él, mientras sonreía.
—Si insistes—respondí con rapidez, y a continuación solté la típica risita de colegiala tonta.

Me bebí aquel café a sorbitos, para evitar la vocecilla de los reproches, y fue entonces cuando le vi coger uno de los libros por el lomo, era tal delicadeza de sus movimientos, que parecía que lo amaba en silencio, lo abrió al azar y puso su nariz sobre aquella página. No contento con aspirar aquel aroma, decidió pasar todas aquellas hojas muy rápidamente por delante de su nariz, y mientras hacía esto, cerro los ojos.

Creo esa fue la imagen más erótica que vi en mi vida hasta ese momento, aunque también creo, que más que el libro o él, era mi deseo por querer ser yo aquellas páginas.

Se podría decir que él me encantaba. Me encantaba hasta tal punto que deseaba con todas mis fuerzas el poder contar sus parpadeos antes de pronunciar mi nombre.

—Sabes—me dijo—a la mayoría de gente le gusta el olor de los libros nuevos, a mi en cambio, me encanta el olor de los libros viejos.

Asentí, y tras un breve pausa le dije:

—Edu, tengo que decirte algo.
—Dime —dijo él, con tono de preocupación.

Sabía que esta era la oportunidad, tenía que decírselo. No había más días, ni más horas, ni más cafés. Era ahora o nunca.

—No voy a poder quedar mañana—le dije.
—No pasa nada—dijo él.

Lo de enamorarse siempre va así, o por lo menos es así como yo lo veo: Te vendas los ojos, abres el corazón y saltas al vacío, con o sin paracaídas.
Luego viene la caída rápida y sin tiempo a valorar las posibles fracturas.

Y yo aún tenía tiempo. O eso quería creer.

Aunque en realidad lo que yo tenía era miedo.  Mucho miedo a saltar.

—¿Y ahora a dónde vamos?- me dijo.
—A dónde quieras.




miércoles, 12 de noviembre de 2014

Tarta de peras

Una masa crujiente y dos minutos al horno.
Tres manzanas reineta; quise decir tres peras de conferencia y…

Aunque creo que eso era lo de menos.

Todo empezó con la típica discusión sobre quién iría a recoger a sus padres. Sí, sus padres.

¡Ja!. Si se tratase de los míos no habría discusión, iría yo y punto.

Nada. Lo fácil que se convierten ciertas discusiones cuando alguno de los dos tiene que ceder. ¿Acordar?. No, que va… ceder.

Y yo llevo cediendo.

Cediendo mi ciudad.
Cediendo el color del coche.
Cediendo las palabras.

Podría enumerar una lista sin fin de todo lo que llevo cediendo en estos últimos dos años, pero para eso necesitaría que entendáis que esto no es quejarse por quejar.

Es más bien, un cúmulo de pequeñas historias implosionando dentro de mi.

Y última vez más.

Tal es el estado de culpabilidad en el que me encuentro, que no hago más que repasar una y otra vez, aquella noche en la decidí reservar un trozo de tarta para la cena y al llegar a casa, ella creyó que era un acto de perdón.
¿Perdón?. No entendía a lo que se refería, hablaba como si yo tuviese que remediarlo, como podría hacerlo si no sabía el porqué de ese perdón.
¿Acaso era otra vez la tapa del wáter?
¿O era el no haber sacado la basura esta vez?
Como quería que pidiese perdón si no sabía exactamente de lo que hablaba.

Y ahí estaba otra vez ese sentimiento de culpabilidad por sentirme culpable.
Desayuno, almuerzo y cena, en ese sentimiento.

Y en ocasiones incluso hasta para merendar.

Ya sabemos como va esto, extiendes la masa sobre la encimera, colocas el molde del revés y giras rápidamente para que la masa quede por encima, sobresaliendo lo justo; retiras el excedente con los dedos, dejando que el molde ayude al corte. Dos minutos al horno a 180ºC y obtienes algo así como una masa crujiente y dorada.

Aunque sé claramente que la culpa la tengo yo, por pretender que todo sea mi culpa. Por pretender que ella sea feliz a costa mía. Y sobre todo, por querer quererla como aquella primera vez en la que probo mi tarta de peras.

Y ojalá. Ojalá, todo dependiese de mi tarta de peras.

Incluso esta falta de felicidad.