domingo, 16 de noviembre de 2014

Siberiano

Definitivamente me gustas más que las mandarinas. Definitivamente, sí. Y no sé, como decírtelo.

Ese era el noveno pensamiento, del tercer café, del último día de aquella semana.  Y para ser Mayo, creía que se trataba de otro Agosto más; el aire era cálido y había más luz natural de la habitual, posiblemente lo único que hacía falta era una banda sonora lo suficientemente buena como para proyectar una película francesa en mi mente.

Y ahí estaba él y esa mirada siempre al infinito. La verdad, es que no sé cómo lo hacía, la cafetería estaba abarrotada de gente: mujeres con trajes, hombres con trabajos a los que llegar puntualmente y sobre todo esos clientes que no hacían más que chillar al hacer su pedido. Definitivamente él tenía el super poder de desconectar de todo y de todos.

—¿Quieres otro café?—preguntó él, aún ido.
—Sí.  (Lo quiero de tu boca)
—¿Decías?
—Sí, otro café estaría bien.

Bajé la cabeza y rebusqué dentro del bolso, mientras él iba a por los cafés; intentaba huir de aquella situación; hasta que por fin encontré el móvil, he hice como si leyese los mensajes más importantes del mundo.

Mientras miraba la pantalla del móvil, no podía evitar verlo de reojo. Caminaba con tanta parsimonia, que parecía que no teníamos nada mejor que hacer en el mundo que bebernos el cuarto café antes del medio día. Por fin, se sentó y sin hacer el menor ruido, saco de aquella mochila las últimas adquisiciones de aquel día: dos libros y una revista de esas que solía coleccionar.

—Por favor, tienes que evitar que siga comprando tantos libros —me dijo—ya casi no sé donde ponerlos.
—Siempre puedes regalarlos —le dije.
—¿Acaso estás sugiriendo que te los regale? —dijo él, mientras sonreía.
—Si insistes—respondí con rapidez, y a continuación solté la típica risita de colegiala tonta.

Me bebí aquel café a sorbitos, para evitar la vocecilla de los reproches, y fue entonces cuando le vi coger uno de los libros por el lomo, era tal delicadeza de sus movimientos, que parecía que lo amaba en silencio, lo abrió al azar y puso su nariz sobre aquella página. No contento con aspirar aquel aroma, decidió pasar todas aquellas hojas muy rápidamente por delante de su nariz, y mientras hacía esto, cerro los ojos.

Creo esa fue la imagen más erótica que vi en mi vida hasta ese momento, aunque también creo, que más que el libro o él, era mi deseo por querer ser yo aquellas páginas.

Se podría decir que él me encantaba. Me encantaba hasta tal punto que deseaba con todas mis fuerzas el poder contar sus parpadeos antes de pronunciar mi nombre.

—Sabes—me dijo—a la mayoría de gente le gusta el olor de los libros nuevos, a mi en cambio, me encanta el olor de los libros viejos.

Asentí, y tras un breve pausa le dije:

—Edu, tengo que decirte algo.
—Dime —dijo él, con tono de preocupación.

Sabía que esta era la oportunidad, tenía que decírselo. No había más días, ni más horas, ni más cafés. Era ahora o nunca.

—No voy a poder quedar mañana—le dije.
—No pasa nada—dijo él.

Lo de enamorarse siempre va así, o por lo menos es así como yo lo veo: Te vendas los ojos, abres el corazón y saltas al vacío, con o sin paracaídas.
Luego viene la caída rápida y sin tiempo a valorar las posibles fracturas.

Y yo aún tenía tiempo. O eso quería creer.

Aunque en realidad lo que yo tenía era miedo.  Mucho miedo a saltar.

—¿Y ahora a dónde vamos?- me dijo.
—A dónde quieras.




No hay comentarios:

Publicar un comentario