La luz.
¿Y esa luz?. ¿La has visto ya? Los párpados. Tus párpados no soportan la luz, pero lo intuyen bien. Ábrelos. Ábrelos. Soporta un día en esos ojos color azul cielo, perdón; color café.
Aire puro por las fosas nasales. Del frío externo al calor interno, amplitud de vida en tu capacidad pulmonar; ¿te puedes creer, que eres tú, la única capaz de darme esa magnitud de la nada?.
Y ese impulso inconsciente por palparte viva, esa caricia rápida por los labios y alrededor de ellos. Miles de impulsos electromagnéticos buscando. Buscando rastro de legañas, saliva o algo. Tranquila. No vas a encontrar algo que no haya creado yo antes. Antes que tú no lo hayas creado.
¿Frío?. No es frío. Yo diría que hambre. Escúchame, es hambre.
¿Escuchas? Es el latido de tu corazón. Constante y rítmico. Una pequeña canción hipnótica.
Y tus pupilas constreñidas en secuencias de luces focales, de interferencias emocionales; y los colores, de esos colores; y las formas, en miles de formas.
Otra inspiración de la respiración. Y habrá que despertarse. No es tarde. Pero quieres correr.
Has ordenado con impulsos inconscientes mover más de seiscientos músculos, y sigues preocupada en elegir un atuendo adecuado a tu nivel de azúcar, mejor dicho a tu nivel de sensaciones emocionales.
¿Preocupada por elegir que ponerte? ¿Tú estás gilipollas?
Acabamos de mover un litro de sangre en menos de un minuto, hemos batido el record; y haces como si fuese un día más. Lo dicho, eres gilipollas.
No te das cuenta que tus órdenes son actos. Son movimientos. Son pulsaciones. Son feromonas. Son terminaciones eléctricas. Son todo menos algo en lo que pensar.
Que sí. Que el día es largo. Pero yo llevo años aquí, currando para ti. Y ni las gracias. Al contrario, no haces más que caminar descalza; llevas años haciéndolo, entregándote a la disposición de la puta gripe, los mosquitos, las bacterias, y las lombrices.
Dices no haber elegido el envoltorio a lo que tu llamas cuerpo.
Y odias. Odias ese pelo rebelde, siempre a la orden de la energía electrostática. Odias esa piel grasosa que cubre tu rostro de pequeños poros intoxicados por la mala alimentación, odias esa boca que segrega saliva demás, odias esos dientes torcidos en una boca estrecha; odias esos pelos que crecen ni ton ni son cubriendo entera. Y que me dices de esa grasa que se acentúa con el paso de los años; en la zona abdominal, en tus piernas y en tus protuberantes caderas. Esa que te recubre, formando montes y montes, estirando la piel y curtiendola de estrías.
¿No te das cuenta que me obligas a odiarme? ¡Me obligas a odiarme!. Odiarte. Y odiarme. Todo a la par.
Y decides que esa eres tú. Esas formas que dicen que no ser tú.
No y no. Eso no soy yo.
Yo soy toda la magnitud, de la que no eres consciente.
Yo soy tu cuerpo. Un cuerpo de los pies a la cabeza.
No sólo soy lo que te cubre. No sólo eso.
Soy todo lo que no ves.
Soy todo lo que no valoras y todo lo que no echas en falta, hasta que te hago falta.
Soy un cuerpo imperfecto.
Sí. Esos somos, imperfectos. Tal para cual.
Yo no te elegí, ni tú me elegiste.
Pero aquí estamos.
Viviendo.
Respirando.
Sangrando.
Llorando.
Muriendo.
Una bonita amistad para toda la eternidad.
Un bonito cadáver al fin y al cabo.
La valoración sobre que soy para ti, y que debes hacer para cuidarme como me merezco; te lo dejo a ti y a esas neuronas que intento controlar para que por fin abras los ojos.
Sin embargo y dado que te conozco muy bien, seguirás preocupada por elegir un atuendo acorde a tu nivel emocional.
Sólo déjame decirte algo más, que eres gilipollas.
Y yo, tu cuerpo humano.

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