En la pequeña huerta de ventana para afuera, hacía un sol cegador.
Era verdad, era imposible sentirse triste en aquel lugar.
En un mundo paralelo, este era el mundo paralelo.
Mira -me dijo- vez porque nunca abandonaré este lugar. Este barrio.
Y asentí.
Nunca había entendido aquel concepto hasta ese preciso momento...
Fue hermoso. Y desee aquello para mi.
Y no sentí envidia. Sentí ganas de pertenecer.
De vivir así.
De querer algo con tantas fuerzas que tenga la completa certeza de que nunca. Nunca. Nunca.
Abandonaría.
Y eso es a lo que llaman: amar.
Amar con los ojos cerrados. Y la mente abierta.
