sábado, 11 de abril de 2015

Murcia

En la pequeña huerta de ventana para afuera, hacía un sol cegador.

Era verdad, era imposible sentirse triste en aquel lugar.

En un mundo paralelo, este era el mundo paralelo.

Mira -me dijo- vez porque nunca abandonaré este lugar. Este barrio.

Y asentí.

Nunca había entendido aquel concepto hasta ese preciso momento...

Fue hermoso. Y desee aquello para mi.

Y no sentí envidia. Sentí ganas de pertenecer.

De vivir así.

De querer algo con tantas fuerzas que tenga la completa certeza de que nunca. Nunca. Nunca.


Abandonaría.


Y eso es a lo que llaman: amar.


Amar con los ojos cerrados. Y la mente abierta.