Quiero ser feliz, le susurré al oído.
¿Estás hablando en serio?, dijo ella.
Y abrí los ojos. Otra vez, ese sueño recurrente.
Claro que hablaba en serio, me dije, la felicidad era un tema que me obsesionaba, incluso más que la muerte.
De pequeña, siempre que me preguntaban que quería ser de mayor, respondía con seriedad y mirada fija: Quiero ser feliz. Y claro… los adultos sonreían, otros respondían con ironía e incluso a algunos, les parecía adorable.
Teníais que verlo, una pequeña mocosa deseando con todas sus fuerzas aquello que ellos descuidaban o trataban como un asunto ajeno a toda pregunta, situación o sentimiento.
El caso es que con los años, uno deja de desear. Y considera que soñar y desear forma parte de la infancia y que en la adultez casi no hay cabida para todo aquello.
Y yo al igual que muchos de vosotros, dejé de creer que la felicidad era para mi, pero mi niña interna se negaba a aceptarlo; de hecho fue ella quien terminó por comprar miles de libros sobre la felicidad, iba a talleres e incluso me baje, alguna que otra aplicación para el móvil.
Por momentos incluso, parecía que funcionaba. Pero en realidad no lo hacía.
Entonces, cuando ya desesperada, cansada e incluso frustrada; encontré la solución a mi problema en aquel periódico.
El anuncio era simple, letras negras sobre fondo blanco y un marco negro que rodeaba la frase: ¿Aún no es feliz?. Y debajo de la misma, un número de teléfono. Muy minimalista todo. ¿Cómo no iba a llamar?
Sin embargo me pase casi una semana entera, intentando decidir si llamar o no. Por fin, en una de esas tardes en las que uno no sabe muy bien que hacer; cogí el teléfono y marque. Salto un mensaje en el contestador, en el que simplemente pedía que dejase mi número de teléfono y que me devolverían la llamada lo antes posible.
Recuerdo haber esperado una eternidad para aquella llamada. Hasta que una tarde, encontré el recado en el contestador con una dirección, el día y la hora en la que tenía que pasarme. Me mordía las uñas por saber sobre aquello. ¿Y si por fin había encontrado la solución a todos mis problemas?
Y llegó el gran día. Entre unas cosas y otras, había dormido más bien poco, y eso se podía ver en mis ojeras. Aún así, elegí un traje bastante bonito que había guardado para una ocasión especial, era de dos piezas: chaqueta y falda, ambas de color azul marino. La verdad es que me veía basta elegante, no sé si exageraba, pero me sentía muy bien; como hace mucho no lo hacía.
Llegué a aquel lugar, que era algo así como una oficina. No se apreciaba ningún rotulo que me dijera de que se trataba o que me diese alguna información de aquel lugar. Así que me acerqué al mostrador, di mi nombre y la recepcionista me dio la bienvenida. Se levantó de su mesa y me llevó hasta una salita con muchas sillas de colores.
—Siéntese aquí por favor, y espere a que la llamen. — dijo ella, en tono amable, mientras se retiraba de la sala.
Asentí, elegí la silla azul; y era tan buena aquella perspectiva, que me dediqué a observar al resto de personas que se encontraban ahí. En aquella sala se encontraban dos mujeres, daban la sensación que eran hermanas. Sentadas una al lado de la otra, se cogían de las manos con tanta fuerza que parecía que estaban ahí para apoyarse mutuamente. Dos sillas hacía la derecha se encontraba también un hombrecillo, de traje impoluto y dientes torcidos. No hacía más que sonreírme y acomodarse las gafas, parecía incómodo con mi presencia. Por un instante me pregunté si ellos tampoco eran felices.
Un hombre entró en la sala, con una hoja de papel. Y dijo mi nombre.
—Soy yo — respondí algo nerviosa.
—Puede pasar — dijo él, mientras hacía un gesto para que lo siguiera.
Aquella sala era como una especie de consultorio médico. Aún no sabía de que se trataba todo aquello, tanto secretismo me estaba matando. Por fin me dijo:
—Perdone por la tardanza, pero tenemos una lista de espera muy grande.
—¿Lista de espera para qué? — respondí yo, perdida.
—¿No le han contado sobre nuestro proyecto?
—No.
—Supongo que es mejor así... — dijo él, sin mucho ánimo.
—Estoy aquí por el anuncio— dije yo, un poco más decidida— que dicho sea de paso, no es muy claro. Pero como sentía curiosidad, llamé y me dieron una cita. Y...
—Ok — dijo él, mirando fijamente— usted, está aquí porque quiere ser feliz. Y este es un buen sitio para empezar.
—Podría ser más claro, por favor — dije yo, aún más perdida.
—Sí, por supuesto. Le explico: este es el centro de investigación Miller, recientemente y después de años de investigación, hemos dado por fin respuesta a la pregunta de porqué no somos felices. Hemos determinado que los seres humanos no somos felices por la capacidad de memoria que tiene nuestro cerebro, acumulamos recuerdos; buenos y malos, estos últimos hacen que nos sintamos cada vez más infelices. Hasta ahora, se había probado con diversos métodos para evitar aquellos recuerdos que nos hacen infelices, pero no se había tenido éxito. Y ahora por fin podemos hablarle de un método totalmente efectivo. El proceso es muy fácil, me dijo, implantamos un chip justo debajo del cerebelo generando un campo electromagnético, cuya función es repeler cualquier mensaje que desee transmitir al hipocampo. Sé que suena peligroso y también algo extremo, pero podemos asegurarle que dicho chip tiene una programación muy específica, sólo borra aquellos recuerdos que no le ayudarán a ser feliz en un futuro.
Después de aquella explicación, me parecía una opción bastante viable, y sobre todo me hacía feliz saber que iba a ser feliz para siempre. Hice alguna que otra pregunta. Pero a decir verdad, ya había tomado una decisión.
Así que sin pensármelo demasiado, dije que deseaba hacerlo. No me importó mucho el coste, o los efectos secundarios de dicha decisión. Era bastante consciente de que mi vida iba a cambiar por completo. Quería arriesgarlo todo. Y ya se sabe, la felicidad se nos puede escapar de las manos en cualquier momento.
Fue así como me sometí a aquella operación de casi cuatro horas. Creí que iba a ser dolorosa, y vamos que si lo fue, pero no me importó. Iba a ser feliz.
Una vez en la sala de postoperatoria, había olvidado hasta porque estaba ahí. Se notaba que la implantación del chip empezaba a hacerme efecto. Los médicos estaban pletóricos, nunca habían visto a alguien tan feliz después de la operación, decían que era por la última actualización.
Ya en mi vida diaria, se podía notar la mejoría. Sonreía por todo, miraba el mundo con otros ojos, y hasta me había comprado más trajes de esos especiales. Había que vivir el día a día: porque si no, de que otra forma se ha de ser feliz.
Y claro que me detuve a ser feliz. Pero sólo por un instante.
El que tenía programado.

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